En la tormenta - II

12/11/2017

 

Hablábamos en el post anterior de cómo en medio de la tormenta, mientras viajaban en la barca y Jesús dormía, los apóstoles se desesperaban por miedo a hundirse. Gritaban y gritaban al Señor para que despierte y calme las olas del mar. Y así lo hizo. El viaje recuperó su paz original luego de que Jesús despertara. Cuántas veces queremos un Dios que actúe en el momento que necesitamos, pero ¡cuántas veces sentimos en nuestras vidas que Jesús duerme mientras nosotros sentimos que nos hundimos! Aún así, no nos desanimemos porque Él siempre escucha.

Pero, continuando con la reflexión e identificándonos con esos asustadizos apóstoles, es importante hacer una diferencia entre preocuparse y angustiarse. Nos suele pasar lo mismo que los apóstoles con mucha frecuencia y pensamos que es normal, que es parte de la vida pero no es así. Hay una sutil diferencia que debemos captar para no perder la paz, para no dejar que la barca se hunda.

La preocupación que experimentamos en la dificultad o en el día a día, en los quehaceres cotidianos, es una demostración de nuestra responsabilidad. Es decir, si me preocupo por algo es porque soy responsable y debo cuidar de algo o de alguien. Sí, preocuparse es bueno. Un papá se preocupa por trabajar para traer el dinero a la casa y, con él, comprar la comida para que los hijos coman. Un hijo se preocupa por atender en clase para aprender y dar buenos exámenes. Una madre se preocupa por decirle a los hijos que se lleven el abrigo cuando hace frío para que no se enfermen. La preocupación muestra la conciencia de una responsabilidad pero una responsabilidad que es real, que podemos controlar, que está en nuestras manos poder solucionar.

Con la angustia no sucede lo mismo. Hay una diferencia sutil. La angustia nos quita la paz interior, es una tentación porque nos hace pensar que estamos preocupándonos porque somos responsables pero no, es un engaño. La angustia nos lleva a un terreno desconocido que no podemos controlar, que no está en nuestras manos manejar, que queremos solucionar pero no podemos. Es una tentación pues, en el fondo, nos empuja a pensar que somos Dios, que lo podemos todo, que controlamos todo. Y no es verdad. La angustia siempre se presenta con un condicional: “y qué pasa si” me deja mi enamorado; “y qué pasa si” estoy con cáncer; “y qué pasa si” le pasó algo a mi hijo y por eso no me contesta; “y qué pasa si” me vuelve a ser infiel; etc, etc... Nunca acabaríamos. La angustia nos mueve en el terreno del futuro o del pasado, realidades que no podemos controlar pero que quisiéramos controlar como si fuéramos Dios. Eso nos quita la paz, nos desespera, nos entristece...

Es así, que, se vuelve fundamental que cada uno pida a Dios la gracia de aprender a reconocer si es preocupación o angustia lo que nos persigue. ¿Está en tus manos controlarlo? ¿Depende de ti? ¿No será mejor abandonarlo y ponerlo en manos del Señor? Ese es nuestro refugio: las manos de Dios que son más grandes que las nuestras. Aprendamos a abandonarnos dando todo de nosotros mismos pero sabiendo que es Dios quien hace el resto. Aprendamos de el grupo de apóstoles en medio de la tormenta y aceptemos que somos frágiles y que no podemos controlarlo todo.  

 

 

 

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