Pequeños

12/03/2017

 

 

Padre ya no aguanto a mi marido” me decía una desesperada mujer luego de ingresar al confesionario. Yo, para darle un poco de calma, le dije: “habrá que preguntarle a él qué piensa de usted ¿no le parece?” Se calmó. Nos reíamos juntos. Y es que la pobre mujer, desconocida para mi, venía cargando problemas en casa con el esposo, con los hijos, con la falta de dinero. Pareciera que es la realidad de todos en estos días y tal vez desde siempre: tener problemas con alguien o por algo.

Cuando uno como sacerdote escucha a tantas personas con la misma situación y envueltas en un dolor inmenso por alguna dificultad, experimenta dos cosas. Por un lado, nuestra pobre limitación que nos recuerda que no somos Dios, que somos pequeños; que por más deseos de solucionar los problemas de la gente, no podemos; que a lo mucho podemos dar algo de consuelo con imperfectas palabras que salen de nuestros labios; que nosotros también sufrimos y solo podemos identificarnos con el dolor de aquel que viene a buscar alivio. La confesión nos golpea a todos y, tal vez, mucho más al que está sentado escuchando impotente desde su limitación humana. La confesión es, aunque no lo digamos, un golpe de humildad para el hombre sacerdote que siempre es tentado a creerse Dios por el don inmenso que administra.

Pero, por otro lado, la confesión es una motivación a rendirse, a abandonarse. Es la más grande de las rendiciones que el hombre puede hacer. Porque cuando siente que sus fuerzas no le dan para enfrentar los problemas que carga, cuando se siente impotente como sacerdote para ayudar a esos fieles que vienen frustrados y cansados de luchar, cuando ese fiel suelta muchas lágrimas al sentirse abatido por no ser capaz de superar algún defecto o fragilidad, cuando tanto el que confiesa y el que se confiesa se sienten que ya no dan más y tienen ganas de rendirse, se les debe aconsejar que sí, que lo hagan, que se rindan, pero a los pies de Dios, a los pies de Jesús. Solo ahí se encuentra consuelo, solo ahí, a los pies de Él, se encuentra un respiro. Es el único lugar en donde debemos rendirnos cuando las fuerzas humanas se acaban y nos golpean, cuando sentimos que no damos más.

Por eso, cuando pienses en rendirte, que solo sea a los pies de Dios y encontrarás descanso. Abandona todo, deja todo ahí. Sigue luchando sin cansancio pero ahí encontrarás ese oasis de paz que buscas. Ánimo y que este tiempo de Adviento sea un tiempo para rendirnos ante ese Dios que se hace pequeño y que nos recuerda, a sacerdotes y laicos, que siempre debemos ser así: pequeños. 

 

 

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